miércoles, 27 de octubre de 2010

La fiesta de Muertos en la Pamería potosina

En la región pame, la celebración de los muertos toma su sello particular; representa uno de los principales referentes de lo que los propios indígenas llaman el costumbre.


El Antropólogo Hugo Cotonieto, investigador del Centro INAH San Luis Potosí, ha realizado importantes estudios acerca de la vida en la Pamería, comentando un poco de su investigación, explica la importancia de conservar las tradiciones, como parte de nuestra herencia.



En la región pame (en la Zona Media potosina) la celebración de los muertos toma su sello particular; representa uno de los principales referentes de lo que los propios indígenas llaman “el costumbre”: herencia de sus antecesores y sustento de la identidad.
Santa María Acapulco representa el centro neurálgico de muchos ranchos indígenas distribuidos en un amplio territorio de la Sierra Gorda, que se extiende desde Querétaro hasta formar intermitentes elevaciones con breves planicies donde los pames han sabido permanecer por siglos. 

La Fiesta de los Muertos es “un costumbre” que se celebra a lo largo de todo el mes de noviembre. Inicia el primer día de ese mes con la ofrenda dirigida a los “angelitos” (aquellos que murieron cuando niños) y se coloca sobre una modesta mesa un par de velas o veladoras, un vaso de atole, dulces y pan; en las casas donde exista el precedente de un difunto niño se ve a la gente solitaria velando la ofrenda, con algunas pocas visitas de niños que van a recibir aquellos dulces y pan, luego de que el “angelito” los haya degustado.



Hacia el día 2 de noviembre, en muchos hogares se dispone a levantar una enramada ex profeso parta la ocasión, la gente va al monte a cortar ramas de hojas muy verdes para formar el altar donde se colocará la ofrenda, es pues tarea de todos los miembros de la casa que contribuyen  de algún modo en el evento. Ya formada la enramada, las mujeres elaboran tamales de masa de maíz con chile rojo y atole de harina, se compra así mismo una buena cantidad de pan dulce, refrescos y velas o veladoras.



Con la enramada de verde intenso en medio del patio o a la entrada de la casa, ya por la tarde se comienza a adornar con algunas flores de cempasúchil, los tamales ya se han cocido en el fogón y el atole ha espesado… comienza así la disposición de la ofrenda.

Es la madre o abuela quien va colocando los alimentos sobre la mesa que está dentro de la enramada, le pueden ayudar sus hijas en esta tarea; se organizan pequeños grupos o “montoncitos” de tamales con un pan dulce y cerca un vaso de refresco y atole, las velas y veladoras terminan por dar el último toque, ya que se encienden “para darles luz a los muertos y que vengan”, dice la gente. Con todos los alimentos en la enramada pasa un tiempo (que es el momento en que los muertos están disfrutando el manjar) mientras las velas se consumen, y justo tras haberse consumido un número determinado de ellas (es decir, si se han encendido cuatro velas, se espera que se consuman y hasta que se hayan terminado de consumir las segundas determinan un “tiempo”) la mujer se acerca a la enramada que ahora está rodeada de niños que han salido de todas partes, y les reparte esos “montoncitos” de alimento hasta que la mesa queda vacía, los niños van corriendo por la calle con sus bolsas de plástico donde llevan los alimentos acumulados de varias casas.

Al decir que la celebración de los muertos dura todo el mes de noviembre, es porque se acostumbra colocar cada ocho días una ofrenda en la enramada, por ejemplo, iniciando un dos o tres de noviembre y luego colocando otra a la siguiente semana (el mismo día –lunes…–). De tal modo que con seguridad cada día alguien habrá puesto ofrenda en su casa, y quienes más disfrutan este hecho son los niños que recorren todo el pueblo hasta altas horas de la noche.

Así sigue el ritmo de ofrendas en la pamería, pero justo el día 8 de noviembre se manifiesta el carácter colectivo de los xi´oi, ya que es el día que se celebra a las “animas solas”, es decir, a los difuntos que no tienen quién les ofrende (ya sea porque su recuerdo se perdió con el tiempo, porque ya no tengan familia quien los ofrende o bien, porque en el fondo representan lo que en términos locales llaman “los antiguos”).

Este día las autoridades locales despliegan una serie de eventos que ponen de manifiesto la ritualidad y articulación regional. El Gobernador Tradicional junto con el Fiscal y el Sacristán se organizan para adornar la entrada del templo con ramas verdes y flores de cempasúchil, formando un arco, en esta tarea los miembros de sus familias contribuyen, así como algunos ancianos (del Consejo de ancianos). 

Por la mañana también se disponen los materiales necesarios para colocar en el centro –al fondo, cerca del altar– mesas en tres niveles con un manto negro, candeleros, dos cruces de madera y un par de petates al frente, en el suelo. Al medio día del 8 de noviembre, el  Fiscal, junto con el Gobernador  realizan el ritual de “baño a San Goyo”; con solemnidad bajan el cráneo de San Gregorio del altar de las Ánimas del Purgatorio, y en una tina de plástico exclusiva para el caso se dan a la tarea de echarle agua encima y de vez en vez tallarlo con los dedos impregnados de jabón en polvo. Es necesario durante la tarea platicar con él en xi´oi, ya que se le dice “que no se enoje, que es para su fiesta”, y para evitar que salga brincando al sentir falta de respeto de alguno de ellos.



Tras esta tarea se pone al Chimiú (también llamado así al cráneo) en la mesa cubierta con el manto negro, tras eso se le colocan velas día y noche; es común que algunas personas del pueblo y de ranchos vecinos lleven algunos tamales, velas, galletas y fruta para colocarlos a los pies de San Gregorio (quien se cree es el patrón de los muertos , ya que “es quien lleva las almas de los muertos con Dios”, comenta la gente), así, el Chimú es quien “reparte la ofrenda a todos aquellos que no tienen quien les lleve”, afirma un anciano.



La presencia de San Goyo en el altar durante el resto del mes permite que circule un buen número de velas que mantiene el altar iluminado, hasta que finalmente llega el 30 de noviembre, cuando se hace la gran fiesta de los tamales y cierra la celebración de los difuntos.

El 29 de noviembre las autoridades disponen frente a la entrada del templo algunas ramas clavadas en el suelo que luego adornan con flores de cempasúchil y velas encendidas toda la noche, las campanas suenan y la música de minuetes congrega a varias personas en la velación. Al siguiente día, “el día de los tamales”,  la celebración comienza y por todos lados del pueblo se escuchan cuetes que anuncian el recorrido de los músicos. Es común que el trío de músicos recorran varios hogares para tocar frente al altar, los cantores hacen lo mismo e incluso puede haber tríos de músicos que vengan de otros ranchos. 

Después de pasar a una casa, los de esta se integran a la comitiva que visitará el siguiente altar hasta congregar a un buen número de gente que ha recorrido ya varios hogares. En todas las casas se distribuyen tamales, pan, refresco, cerveza y aguardiente, es pues una gran fiesta en todo el pueblo.

Tras el recorrido que hacen los músicos en muchos domicilios, finalmente, ya entrada la tarde se reunen todos en la iglesia, y han llegado de varios ranchos que tienen por costumbre culminar la celebración en Santa María Acapulco. Ahí los petates son insuficientes para colocar lo que la gente ha llevado: tamales, pan, café, cerveza, refrescos, naranjas, plátanos, camote, elotes y chayotes. Toda le gente permanece en el lugar escuchando los minuetes, los cantos y acompañando al Chimiú, tras un buen rato el Gobernador y el Sacristán van distribuyendo la ofrenda entre los presentes hasta que nuevamente quedan vacios los petates, la gente comienza poco a poco a retirarse y el sonido de las campanas anuncia “la retirada de los muertos”. Pero es sólo una despedida temporal, ya que se les estará esperando el siguiente año, como se ha venido haciendo desde hace ya mucho tiempo.

La celebración de lo muertos culmina cuando toda la gente sale hacia el cementerio, varios días antes los parientes de los difuntos han “chapoleado” (quitar la maleza) y las tumbas ahora están mejor arregladas.  La música sigue acompañado a la gente que lleva coronas nuevas de flores de plástico para renovar las que antes tenía la cruz de la tumba; los familiares ayudan a colocar las flores, velas y conviven con el difunto un rato más, hasta que la música se detiene y poco a poco la gente se retira a sus casas. La fiesta de los difuntos representa para los pames un referente de su identidad, al rememorar año con año a sus muertos y antepasados, muestra clara de una riqueza cultura que se ha forjado por siglos.